Para nosotros, Paris era una lamparita amarilla encendida en la buhardilla de un hotel.
Para mí, Paris eran tus manos posadas en mi espalda.
Para ti, Paris eran mis ojos verdes junto a tu boca.
Aquella noche, ninguna calle vió pasar tu espalda ni mi boca.
Ninguna plaza vió vagar tu pasión ni mi ternura.
Ningún café nos vió enredarnos en el sudor de los abrazos.
Ninguna farola alumbró más que tus ojos encima de los míos.
Esa noche, la ciudad se sintió muy sola hasta el amanecer.
martes, 7 de julio de 2009
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